El milagro de San Miguel Los Lotes, una mujer que le ganó la carrera a la lava del volcán de Fuego

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Brenda Larios/Fotos Óscar Dávila

Escuintla, Guatemala, 5 ago (AGN).- Eran las 14:00 horas cuando preparaba los alimentos para su hijo Alexander y sus dos nietos de, 2 y 8 años. Entre risas traían a la memoria recuerdos familiares.

En unos segundos todo cambió: una nube de ceniza envolvió su casa en San Miguel Los Lotes, una comunidad del departamento sureño de Escuintla que fue la más azotada por la erupción del volcán de Fuego el 3 de junio pasado.

La sonrisa se convirtió en angustia para Aura Leticia Samayoa. “Señor, si en verdad existes, mándanos agua”, exclamó en el momento en el que el volcán desataba su furia con columnas de fuego y ceniza por su cráter y cuyos lahares arrasaron todo a su paso.

Esta valiente mujer se echó a las espaldas a su hijo Alexander, de 21 años, quien es discapacitado, y tomó de las manos a sus dos nietos para ganarle la carrera, no solo a las correntadas de lava, sino a la propia muerte.

“¡Madre, huya, porque usted no va a poder conmigo!”, recuerda que le gritó su hijo. Pero su amor de madre pudo más. “¡¿Quién dice que no, papá?!”, le respondió ella y se lo subió a sus espaldas, mientras en sus manos se llevó a sus nietros.

Salió corriendo y dejó atrás sus recuerdos. Hoy está para dar su testimonio de la tragedia que causó el volcán de Fuego. La correntada de lava y ceniza borró las huellas de sus pisadas por un callejón donde se le fugó a la muerte.

Su hija, del mismo nombre y de 23 años, madre de los dos nietos con los que escapó de San Miguel Los Lotes, en el departamento sureño de Escuintla, no tuvo la misma suerte.

Ella murió soterrada con otra menor y su esposo.

Aura Leticia toma a su nieto de 2 años mientras por sus mejillas ruedan las lágrimas al recordar las últimas palabras que compartió con su hija, una de las más de 160 víctimas mortales que cobró la erupción del coloso.

Respira hondo y comienza a contar: “Yo me llevo a los nenes, defendete”. Ya Aura Leticia sentía la alta temperatura de la lava en sus pies, protegidos con solo un par de sandalias. “¡Mamá, corré!”, le gritó su hija, que luego desapareció entre nubes de ceniza y lava.

En ese instante vinieron a su mente los consejos de su padre. “Cuando hay lava no hay que correr, porque la lava lo busca a uno”. Pero pudo más la angustia. Se quitó sus caites rosados y, después de correr varios metros, logró llegar a un pequeño cerro.

Allí se le acabaron las fuerzas y rezó: “Señor, si en verdad existes, por favor señor, mándanos agua”. Los ríos de lava pasaban a ambos lados del cerro donde estaba aferrada a su hijo y dos nietos.

“Mi hijo me dijo, ‘abracémonos mamá, porque es la última vez que nos vamos a abrazar’. Abrazamos a mis nietos. Él no parecía una persona, estaba lleno de tierra”, recordó.

A lo lejos escuchaba los gritos de desesperación de los que un día fueron sus vecinos en San Miguel Los Lotes.

Ella no solo salvó su vida y la de su hijo, sino también la de sus nietos. Ninguno de los cuatro resultó con quemaduras. “Dios fue el único que hizo el milagro, yo sentí el calor del fuego y empecé a clamarle a Dios”, narró.

“Se quedó mi hija con su bebé en brazos y mi yerno. Ahora sé que ya nunca los volveré a abrazar”, comentó entre lágrimas.

Volver a soñar

Era el 31 de julio cuando una trabajadora de la Secretaría de Obras Sociales de la Esposa del Presidente (SOSEP) tocó a su puerta, una aula acondicionada para cuatro familias en el albergue ubicado en la Escuela José Martí.

Ella fue una de las primeras familias trasladadas a los Albergues de Transición Unifamiliares (ATU) construidos por el gobierno del presidente Jimmy Morales en la finca La Industria, en Escuintla.

“Al saber que tendríamos un lugar más grande, abracé a la trabajadora, caminé hacia adentro y comencé a llorar. Eran dos emociones al mismo tiempo, tristeza y alegría”, expresó.

Sus lágrimas eran porque en vida el sueño de su hija era dar a sus tres hijos un lugar digno dónde vivir. “Es Dios quien hace el milagro”, aseguró. “No podemos pedir más”.

Intentando dejar la tristeza, la angustia y los malos recuerdos con una sonrisa. Aura Leticia se sienta con sus nietos, y ahora su sueño es encontrar un trabajo para mantener y darles una vida digna a los pequeños, como deseaba su madre, a la que se llevó para siempre la erupción del volcán.

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