El lunes que nunca llegó para tres de sus alumnos (relato de vida)

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María Guadalupe, la maestra de primero primaria en la desaparecida escuela de San Miguel Los Lotes (Escuintla), habló con la AGN sobre el antes y el después del terrible domingo 3 de junio.  

Rodrigo Pérez

Escuintla, 8 ago (AGN). El último día de clases en la escuela de San Miguel Los Lotes, en Escuintla, fue normal, excepto porque “muchos niños llegaron, me abrazaron y me dijeron: ‘Nos vemos el lunes’”.

 María Guadalupe Hernández, la maestra de primero primaria, de 66 años, recuerda esa feliz escena, antesala a la tragedia.

 Durante 16 años impartió clases en dicho centro de estudios, sepultado el domingo 3 de junio por la erupción del volcán de Fuego.

 Ese día era viernes y ese “nos vemos el lunes” jamás llegó para tres de sus pequeños alumnos. Sus nombres, ahora, se encuentran entre los listados de las víctimas.

 “Un niño murió con su familia, una niña regresó a traer a su abuelo y falleció y otro niño ya no apareció”, detalla en voz baja, como si quisiera no decirlo, no repetirlo una vez más a todos los que le preguntan. Bajo la sombra de un árbol que la protege de los intensos rayos de sol en este departamento costero, dirige su mirada al suelo, impotente. Sus ojos guardan las sonrisas de sus tres alumnos, pero ella sabe que son solo una imagen imborrable y generosa y que aparece con su recuerdo para darle fuerzas, saberse útil y renovada en su compromiso por dar lo mejor de sí a sus otros pequeños, en el aula.

 “En mi interior se siente duro porque eran como parte de mi familia”, dice luego al ser consultada sobre cómo se siente al no verlos más.

 Cuándo María Guadalupe llegó por primera vez a la escuela destruida por los flujos piroclásticos, el lugar “era sencillo, de lámina”, recuerda.

 Luego, con el paso de los años, se construyó una escuela formal desde donde escuchaban los retumbos del volcán.

 “Me encantaba oír eso y los niños decían que no les daba miedo”, cuenta a la Agencia Guatemalteca de Noticias (AGN), mientras un pequeño grupo de estudiantes de primaria la escuchan con atención a su lado. Narra su historia sentada en una pequeña silla.

 Dos días antes de la potente erupción tuvo un sueño que en ese momento no supo descifrar.

 “Soñé la aldea (de San Miguel Los Lotes) en blanco y a Jesús en ella”, dice. “Quizá es porque usted está en la Hermandad de Jesús Nazareno de Escuintla”, le respondió una conocida a quien le contó el hecho.

 Ya no le prestó más atención al sueño, hasta ahora que lo cuenta como una anécdota.

 Un cambio que da fuerzas

La profesora Hernández interrumpió momentáneamente las clases que imparte en uno de los 17 módulos ubicados en un anexo de la finca La Industria, a donde trasladaron hace dos días los estudiantes de preprimaria, primaria y básicos que fueron directamente afectados por la erupción del volcán de Fuego.

 “La escuela no podía estar mejor”, dice al referirse al nuevo lugar donde los alumnos reciben clases.

 Antes lo hacían en carpas ubicadas en el estadio municipal de Escuintla en las cuales, aunque eran ventiladas, encerraban el calor.

Las nuevas instalaciones, hechas por el Gobierno de Guatemala, “llenan todas las expectativas, son cómodas y frescas. Qué más podemos pedir”, dice con una amplia sonrisa la entrevistada. Ella está consciente de que la vida sigue, que su misión es enseñar y que se consagra a ella por los niños que sobrevivieron y la inspiración de aquellos para quienes el sol del lunes nunca apareció.

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