Donis Figueroa

Ciudad de Guatemala, 1 nov (AGN).- Los guatemaltecos recuerdan este 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, a sus difuntos y acuden masivamente a los cementerios para pintar nichos y mousuleos y colmarlos de flores, convirtiendo esta práctica en una tradición que se complementa con oraciones, visitas familiares y platillos propios, sobresaliendo en la mesa el fiambre, en su amplia gama de expresiones.

En los países de tradición católica, entre los que se incluye a Guatemala, esta fecha se celebra el 1 de noviembre; mientras que en la Iglesia Ortodoxa se celebra el primer domingo después de Pentecostés; aunque también la celebran las Iglesias Anglicana y luterana.

Por eso, el 1 de noviembre y los días previos, familias que han perdido a un ser querido, acostumbran visitar los cementerios para adornar su tumba.

Esta actividad se convierte en una mezcla de ancestrales ritos paganos con tradiciones católicas traídos por los españoles en los siglos 16 y 17.

En este país centroamericano, además de enflorar los nichos, a los difuntos también se les deja comida, se vuelan barriletes gigantes en Sumpango y Santiago Sacatepéquez, municipios de Sacatepéquez, al occidente de la capital.

Se degusta el fiambre, un platillo tradicional elaborado a base de embutidos y verduras.

El festival de barriletes en Sumpango es muy admirado por turistas, es una tradición orgullosamente guatemalteca, donde los creadores de estos barriletes se esmeran y sobre todo demuestran su creatividad en su diseño y admirable realización.

En estos municipios, grupos de jóvenes y no tan jóvenes se reúnen desde temprano a armar la base con cañas de bambú para luego unir el diseño y levantarlos para la vista de todos.

Se organiza un concurso con diferentes categorías basándose en tamaños para elegir al mejor diseño y tema de barrilete.

El evento se mantiene en ambiente pues acompañado de música y de comida tal como lo es el churrasco y el fiambre.

En la provincia

El 1 de noviembre de cada año, en el municipio de Zaragoza, en el departamento de Chimaltenango, a 64 kilómetros en el occidente de la capital, sus pobladores acostumbran levantarse muy temprano para ir al cementerio local para pintar las tumbas y panteones de sus difuntos.

Es una tradición acompañarse de casi todos los miembros de la familia para llevar flores a sus deudos, momento que aprovechan para compartir con propios y ajenos al pueblo.

Además, el clima frio de la región y el viento de la época se vuelven propicios para que los niños y jóvenes vayan a las veredas para encumbrar (volar) sus barriletes, que en su mayoría son elaborados por ellos mismos, utilizando materiales como cañas de bambú, papel celofán o nylon.

En horas de la tarde, ya entrando la noche, grupos de niños salen a recorrer las calles y avenidas del pueblo, tocando las puertas de las casas o en las tiendas para pedir dulces o güisquiles, cantando al unísono: “la pobre calavera que lastima me da, de verla tan pelona güisquiles quiera ya, somos, somos” y cargando con ellos, calaveras elaboradas de pelotas de plástico, iluminadas con candelas.

Se acostumbra también, preparar fiambre, chiles rellenos, ayote en dulce, curtido.

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