Aina Martí Soler

Basilea, 23 ene (EFE).- La obsesión de Claude Monet por plasmar los cambios de la luz y el color del paisaje a lo largo del día le llevaba a que su humor también se modificara en función de las alteraciones de su entorno, según explicó a Efe su bisnieto, Philippe Piguet.

Considerado el padre del impresionismo, Monet pasó los últimos 43 años de su vida junto a su segunda mujer Alice Hoschedé, sus hijos e hijastros en una mansión de Giverny (Francia), en donde la vida transcurría completamente adaptada a las necesidades del artista.

Piguet -que no comparte lazos de sangre con Monet sino que desciende de una de sus hijastras, Germaine Hoschedé- está estos días en Suiza con motivo de la muestra dedicada a su bisabuelo en la Fundación Beyeler de Basilea, donde explicó la formación “poco convencional” del “clan” de Giverny.

En un inicio, Alice estaba casada con un coleccionista de arte impresionista Ernest Hoschedé, quien fue el primero en comprar el cuadro de Monet “Impresión. Sol naciente” que dio nombre a todo el movimiento pictórico.

El marchante de arte se convirtió en el mecenas de Monet, que incluso le encargó decorar su casa, la mansión de Montgeron, donde el artista conoció a Alice, que sería el gran amor de su vida.

Dos hechos propiciaron la unión entre ambos: la pasión por el arte acabó llevando a Ernest Hoschedé a la bancarrota y provocó su huida, humillado, a Bélgica en 1879, abandonando a su esposa, a sus seis hijos y a Monet, que dependía económicamente del coleccionista.

Cuando, un año después, falleció la primera mujer del artista, Camille Doncieux, las familias Monet y Hoschedé se juntaron definitivamente puesto que Alice se hizo cargo del cuidado de los vástagos del matrimonio.

Así pues, en 1883, la unión entre las dos familias era total y Monet, con sus dos hijos, y Alice, con los seis suyos, decidieron instalarse en la casa de Giverny.

Siendo como era “el hombre de la luz”, el pintor empezaba su jornada temprano, como muy tarde a las seis, tomaba siempre el mismo desayuno, vino blanco y ‘andouillete’ -salchicha francesa-, y se concentraba en su trabajo.

Monet no admitía excepciones a su rutina, en su casa se comía a las 11:30 y se cenaba a las 19:00, era tan riguroso que sus hijos tenían que escabullirse quince minutos antes de sus clases para estar en la mesa a la hora exacta.

De carácter cambiante, cuando los frutos del trabajo no eran los deseados o el clima no le permitía seguir pintando, el artista “estaba furioso y perdido”.

“Monet sabía que su obra no se realizaría con un chasquido de dedos, sino que necesitaba estar concentrado y por eso era muy exigente con los niños, no permitía visitas de sus amigos, no quería que corrieran por la casa o tocaran las flores”, apuntó el bisnieto “por alianza”, tal como se define a sí mismo.

En los momentos de relajación que se concedía después de trabajar, el artista era “muy cálido” tanto con sus hijos naturales como con sus hijastros y nietos.

El motivo de su exigencia y rigurosidad se debía a que el padre del impresionismo sabía que su obra sería “determinante, capital, de dimensiones universales” y que sus creaciones revolucionarían el mundo del arte.

“Él era consciente del lugar que ocupaba en la historia del arte”, señaló el historiador, que apuntó que “el impresionismo es un estilo que dice definitivamente adiós al pasado”.

Por ello, la estabilidad y el apoyo que le proporcionaron sus más allegados fue “muy importante” para que pudiera concentrarse en su obra artística.

“Si no hubiera estado rodeado por su familia, (Monet) no habría podido crear como lo hizo” en Giverny, donde elaboró, entre otras obras, las famosas series “Nymphéas” (Nenúfares).

Para Piguet, los documentos epistolares y fotografías de los últimos años de la vida de Monet junto con las anécdotas que le contó su abuela Germaine constituyen su particular herencia.

Así es como Piguet supo que Monet, que era un apasionado de los automóviles, decidió visitar las colecciones de Diego Velázquez en Museo del Prado de Madrid y atravesó toda Francia en coche a un ritmo de 200 kilómetros por día en 1904.

El artista impresionista era un hombre presumido, que “cada día se vestía de domingo”, cuenta Piguet, que en una de sus búsquedas de material en la casa de Giverny encontró la que se cree que es la última fotografía de su bisabuelo.

En ella se ve su sombra reflejada en el estanque del jardín que pintó una y otra vez, una metáfora que agrada especialmente al historiador, puesto que algunos de los motivos pictóricos que más aparecen en la obra de Monet son precisamente, los reflejos, las sombras y el agua

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