Mercedes Palomino

Lima, 18 ene (EFE).- En la ciudad que el orgulloso conquistador español Francisco Pizarro fundase hace 482 años, su recuerdo se hace cada vez más exiguo, como representa su escultura, alejada de su antiguo lugar de privilegio en el centro de Lima, y ahora “olvidada y descabalgada” en un parque aledaño.

Esta escultura de Pizarro, hecha por el escultor estadounidense Charles Rumsey, ha sido motivo de controversia y debates, desde su ubicación en Lima el 18 de enero de 1935, lo que llevó a que sea reubicada hasta en tres ocasiones, cada una de ellas más alejadas del centro de la ciudad.

Su primera ubicación, en el atrio de la catedral, ya fue señalada en su momento como un “acto arbitrario que no tuvo discusión pública”, según explicó a Efe el crítico cultural Víctor Vich.

Por aquel entonces, la Iglesia católica y un grupo de feligreses veían en el conquistador a un personaje alejado de los principios de su fe, por lo que en 1952, bajo la gestión del alcalde Luis Dibós, fue reubicado al costado del Palacio de Gobierno.

“La nueva ubicación también generó críticas, pues los principales periódicos protestaron debido a que, al no encontrarle un lugar, Dibós decidió demoler una de las casonas más antiguas de la ciudad”, explicó Vich.

Sin embargo, la colocación del monumento en la plazoleta Pizarro no calmó los ánimos, y las discusiones sobre su ubicación continuaron a lo largo del tiempo.

Fue el arquitecto y regidor (concejal) municipal Santiago Agusto Calvo quien retomó en 1997 las iniciativas para que la escultura de Pizarro fuera retirada de manera definitiva de la Plaza de Armas.

“El concejo aprobó ese retiro pero no fue llevado a cabo porque se discutía si había que retirarla y colocar una figura menos belicosa, sin la espada desenvainada, una que represente a Pizarro como fundador”, comentó a Efe el historiador Sandro Covarrubias, responsable de la biblioteca de la Municipalidad Lima.

Años después, durante la primera gestión del alcalde Luis Castañeda, y en la madrugada del 28 de abril de 2003, un grupo de obreros retiró la escultura de la plaza Pizarro, y la trasladó a un depósito municipal.

“El retiro se hizo con autorización del Instituto Nacional de Cultura y tuvo el apoyo de muchas personas, aunque también había detractores, pero tuvo gran aceptación en la población”, detalló Covarrubias.

Para Vich, la polémica fue reflejada en los periódicos, donde se manifestaron “dos posturas: una que defendía la figura de Pizarro como el representante de Perú mestizo y moderno; y la otra, que subrayaba que este fundó una sociedad excluyente con graves consecuencias en el presente” del país.

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La plazoleta Pizarro fue remodelada y se cambió su nombre a “Plaza Perú” y las autoridades municipales optaron por colocar un asta con la bandera peruana.

El conquistador permaneció en el depósito por 17 meses, antes de su traslado definitivo al Parque de la Muralla, ubicado en la ribera del río Rímac y en las cercanías al centro histórico, donde hoy los guías turísticos incluso comentan que se trata, en realidad, de una escultura de Hernán Cortés, el conquistador de México, que “por equivocación llegó a parar a Lima”.

Casi quince años después de su retirada, para Covarrubias se debe tener en cuenta que nadie se ha preguntado por el destino del monumento.

“¿Se ha visto algún movimiento para que Pizarro regrese a la plaza? No, ninguno, no ha habido nadie que lo haya defendido”, agregó Covarrubias.

Tanto Vich como Covarrubias coinciden en señalar que en el Parque de la Muralla “la estatua ha perdido no solo su densidad histórica, sino también el aura de poder que tenía en la plaza central de la ciudad”.

Lo que implica, según estos expertos, que ya no sirve “para crear identidad”, pues “ha sido descabalgada para siempre”.

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