Foto. EFE

Luis Villarejo

Río de Janeiro, 8 ago (EFE).- Brasil está en ebullición. La crisis azota y el pueblo no disfruta con el fútbol. Los Juegos Olímpicos son hermosos a primera vista, pero el país es futbolero por definición y se acuesta todos los días indignado porque su selección no funciona. El voley playa es interesante. Y el tiro olímpico, donde Brasil ha sumado su primera medalla con Felipe Almeida, también.

Pero el fútbol manda. Y mucho. Los accesos del estadio Mané Garrincha eran este domingo noche una auténtica ‘senda de los elefantes’. Los aficionados movían la cabeza de lado a lado a la salida preguntándose qué le pasa a su selección.

Brasil no entusiasma a nadie. No tiene estilo ni rumbo. Cada uno hace la guerra por su cuenta. Irak le pudo incluso pintar la cara con un balón al palo, que habría sido una estocada ‘mortal’ de haber entrado un balón en el portal de Weverton. En contextos duros, los líderes pagan el barullo. Y le toca a Neymar, como capitán, superar la mofa de un público que buscando hacer daño loa a Marta y al fútbol femenino mientras encuentra la chanza y la burla en la diana del millonario Neymar. El fútbol es voluble y ahora Neymar no hace gracia. Hace poco, anunciaba embutidos con Ganso y Robinho en la tele, mientras bailaban al ritmo de I’m a single lady de Beyoncé, con una coreografía espectacular, fantaseando con el balón. Puro fútbol callejero. Brasil ahora está para poca música.

Neymar es un heredero del estilo Pelé, de su ginga. En el siglo XVI, los portugueses llevaron esclavos a Brasil para explotar la minería y las plantaciones de azúcar. Muchos de ellos escaparon a la selva, huyendo de las palizas de sus amos, buscando una vida digna. Y para protegerse, crearon un método de defensa personal, la ginga, el origen de lo que fue luego la capoeira, un arte marcial de guerra. Posteriormente, el vocablo ginga se extendió como concepto para ilustrar el alma, la forma de moverse, de hablar. La ginga es el alma libre, la finta, el regate, expresarse en el campo con naturalidad, sin corsés. El alma de Brasil.

Pelé siempre defendió esa teoría. Y por eso apoya a Neymar. Sin embargo, este equipo olímpico de Brasil, donde cada uno intenta su lucimiento personal, no pita. Gabriel Jesús, recién fichado por el City de Pep Guardiola, no aparece. Y el equipo, sin ambición, es un solar a día de hoy. Un cero absoluto. Dos partidos, cero goles.

Y al país se le agota la paciencia. Desde el 1-7 de Alemania en el Mundial 2014 en Brasil, con el Mineirazo, la selección no levanta cabeza. A la búsqueda de un estilo, que combine la ginga, ahora de moda, tras exhibirse la película de ‘Pelé, el nacimiento de una leyenda’, con el orden y el talento, Brasil camina noqueada por los Juegos Olímpicos en su casa y con riesgo de caer incluso a las primeras de cambio si Dinamarca, en el tercer partido, anda entonada. 

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